Año 9, Número 27 – 8 de Julio de 2026

ISSN 2591 4227

Urbanización en las afueras de Berlín: ¿nuevo Patrimonio de la Humanidad?

Por Stefan Kruse (dpa)

La urbanización forestal Zehlendorf (Waldsiedlung Zehlendorf), ubicada al suroeste de Berlín, está a un paso de ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Muchos conocen a este barrio, en el que viven unas 4.000 personas, como «urbanización de los papagayos», por sus bosques y fachadas coloridas. Este domingo 19 de julio comienza en la ciudad surcoreana de Busán la 48ª sesión del Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco, en la que se espera que, unos diez días después, se tome la decisión sobre su incorporación a esta lista.

«Ahora toca cruzar los dedos», afirma el responsable de Desarrollo Urbano y Vivienda de Berlín, Christian Gaebler.

La urbanización forestal fue construida entre 1926 y 1932 por la sociedad cooperativa de viviendas de utilidad pública Gehag siguiendo el estilo Bauhaus, convirtiéndose en una de las más grandes e importantes de Alemania en aquella época.

A pesar de la fuerte resistencia de los sectores más conservadores, los arquitectos Bruno Taut, Hugo Häring y Otto Rudolph Salvisberg hicieron realidad su visión de un complejo residencial que hoy se considera revolucionario. Combinaron una arquitectura moderna y abierta en un entorno dominado por zonas verdes y árboles con el compromiso social de crear viviendas asequibles para las clases populares.

Fachadas y puertas de colores

«Bosque, luz, aire, sol»: así describe el concepto de la urbanización Ute Scheub, autora de un libro sobre sus 100 años de historia y residente del lugar. Se construyeron 1.100 viviendas en bloques de pisos de 2,5 habitaciones, además de unas 800 casas adosadas de cinco metros de ancho y hasta tres plantas.

Fachadas de color amarillo, azul, verde o rojo burdeos, marcos de ventanas tricolores, puertas de entrada llenas de color, pequeños balcones, grandes patios interiores con abedules y pequeños jardines: el diseño de las casas acaparó titulares en una época en la que la clase trabajadora de las ciudades vivía en bloques de pisos de alquiler grises con patios traseros sombríos. El nombre de «urbanización de los papagayos» se debió a este colorido y no tardó en popularizarse.

Los tejados planos se convirtieron en un asunto político. Los encendidos debates sobre si este estilo era «lo suficientemente alemán» culminaron en la llamada «guerra de los tejados de Zehlendorf»: justo al lado de la urbanización, prácticamente cruzando la calle, otros promotores levantaron casas con los tradicionales tejados a dos aguas.

 

Ventanas para airear y despensas

Las ideas innovadoras, la diversidad y la fluidez del diseño continuaron en la forma general de los edificios de la urbanización y en su disposición a lo largo de calles y callejuelas curvas. De este modo, incluso el bloque de viviendas de 450 metros de longitud en la avenida Argentinische Allee no resulta abrumador. En su momento, los apartamentos contaban con equipamientos novedosos para la época, como despensas, y podían ventilarse por completo gracias a que disponían de ventanas orientadas en varias direcciones.

Quien podía permitírselo se mudaba a la urbanización, que, después de todo, no estaba al alcance de cualquiera: pequeños funcionarios, policías, artesanos y sindicalistas. Según las investigaciones de Scheub, historiadora aficionada, también vivieron temporalmente allí artistas y personalidades destacadas.

La calle comercial de la estación de metro sigue existiendo hoy en día, aunque la urbanización ha cambiado. A principios del siglo XXI, una capital asfixiada económicamente malvendió sus joyas de la corona y privatizó las viviendas. Las casas adosadas pasaron a manos de particulares (en parte, los propios inquilinos que ya vivían allí). Otra gran parte acabó en manos del consorcio Deutsche Wohnen —que actualmente pertenece al grupo inmobiliario alemán Vonovia— a través de fondos de cobertura o hedge funds.

 

Dudas y temores

«Debido a la venta de lo que antes era una urbanización de utilidad pública a inversores privados, nuestras inquietudes apenas cuentan en una gestión de la vivienda orientada exclusivamente al beneficio económico», lamenta Barbara von Boroviczeny, vecina del barrio desde hace décadas y miembro activo de una iniciativa de inquilinos. Asegura que esto no coincide con la visión original de Taut y sus colaboradores.

A mucha gente le gusta vivir aquí y se siente orgullosa de la historia de su urbanización. Sin embargo, «muchos residentes están preocupados», señala. Su temor es que, si la urbanización se revaloriza tras ser incluida en la lista de la Unesco, los alquileres suban aún más.

Por su parte, Deutsche Wohnen intenta tranquilizar a los vecinos. «No existe ninguna relación entre la protección de monumentos históricos o la declaración de Patrimonio de la Humanidad y el precio del alquiler», afirmó un portavoz.

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