Año 9, Número 27 – 8 de Julio de 2026

ISSN 2591 4227

Mirar a Oriente por el Dr. Antonio Ureña

Dr. Antonio Ureña – España

leeresunderecho@gmail.com

Fotografías: gentileza del autor

 

Entre abril y octubre del presente año, Madrid alberga la exposición titulada Soy Asurbanipal, Rey de Asiria, Rey del Mundo.  Esta muestra, que reúne unos fondos de altísima calidad, nos brinda la oportunidad de comprender el legado del último gran rey de Asiria, cuya influencia trascendió a su tiempo; transmitiendo un legado fundamental para entender el desarrollo de la humanidad, al sentar las bases muchas estructuras sociales y culturales actuales del tiempo presente.

            Asurbanipal, conocido por ser un monarca visionario y un gran mecenas de las artes y las letras, gobernó el Imperio Asirio en el siglo VII a.C. cuyo vasto imperio abarcaba territorios que hoy pertenecen a Egipto, Siria, Líbano, Irak, Irán, partes de Arabia y zonas cercanas al Cáucaso. Su reinado marcó un hito en la historia por la creación de la Biblioteca de Nínive, considerada la primera gran biblioteca del mundo, que preservó miles de tablillas cuneiformes, compilando buena parte del saber de su momento sobre literatura, ciencia, religión y administración.

Dicha exposición exhibe, entre otras piezas, originales y reproducciones de algunos de los relieves, tallados en piedra caliza, que decoraban las paredes del palacio construido por el citado monarca. Tales relieves, representan escenas de campañas militares, cacerías reales y ceremonias religiosas. Más allá de su valor estético, estas obras funcionaban como instrumento de propaganda política, mostrando la fuerza y legitimidad del rey como protector del orden y la justicia divina. Desde un punto de vista histórico, los mencionados relieves documentan la compleja organización militar y administrativa del imperio asirio, así como sus relaciones con otros pueblos y estados vecinos. La temática de la guerra y la diplomacia, anticipa conceptos modernos de soberanía y relaciones internacionales, evidenciando que la regulación de las relaciones entre entidades políticas es una preocupación antigua y constante.[1]

En estos tiempos de conflictos bélicos en aquella parte del mundo, más allá de todo planteamiento ético pero también de derecho internacional. dicha exposición invita a reflexionar sobre la importancia fundamental del antiguo oriente para comprender dónde están los orígenes y los soportes de la denominada “cultura occidental”.

Con anterioridad nos referíamos al Derecho Internacional. Cierto que ese marco normativo se ha ido formando a lo largo de los tiempos: desde la paz de Westfalia, de 1648, hasta la Carta de las Naciones Unidas, de 1945 o la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de 1948, por citar solo algunos de sus pilares fundamentales; sin embargo, no podemos olvidarnos de otro elemento que constituye una de las primeras y más completas codificaciones legales de la antigüedad. Nos referimos al Código de Hammurabi, promulgado alrededor del año 1754 a.C. por el gobernante del mismo nombre.  Hammurabi gobernó en un contexto de consolidación territorial y política donde, la unificación de diversas ciudades-estado mesopotámicas bajo un solo reino, demandaba un sistema jurídico que regulara las complejas relaciones sociales, económicas y políticas de un territorio multicultural y diverso.

La estela de diorita de casi dos metros de altura en la que está inscrito el código, fue descubierta en el sitio arqueológico de Susa, actualmente territorio Iraní, en 1901 y se encuentra en el Museo del Louvre. La parte superior está decorada con una escena donde aparece el propio Hammurabi recibiendo las leyes del dios Shamash, dios de la justicia, lo que simboliza la legitimidad divina del monarca para dictar normas y administrar justicia.[2]

El código contiene aproximadamente 282 leyes que abordan una amplia gama de temas: desde la regulación de contratos comerciales, arrendamientos, préstamos y salarios, hasta disposiciones sobre matrimonio, herencias, adopciones y delitos penales. La estructura del código refleja una intención clara de establecer un orden social jerarquizado, donde las sanciones varían según la clase social de las partes involucradas —libres, siervos y esclavos—, pero siempre bajo un marco legal público y escrito, pues incluye disposiciones que protegen a los sectores más vulnerables de la sociedad, como viudas, huérfanos y deudores, lo que evidencia una preocupación por la equidad dentro del orden social establecido.[3]

Históricamente, el Código de Hammurabi representa un avance significativo en la administración de justicia, pues establece la idea de que la ley debe ser conocida por todos y aplicada de manera uniforme, limitando el poder arbitrario del gobernante y de los particulares. Este principio de legalidad, aunque primitivo, es un antecedente fundamental del Estado de Derecho moderno.

Desde una perspectiva jurídica, dicho código no solo influyó en la legislación mesopotámica posterior, sino que sentó las bases para el desarrollo del derecho en civilizaciones posteriores, incluyendo el derecho romano, que a su vez es un pilar fundamental del derecho occidental moderno. Su importancia radica en haber sido uno de los primeros intentos sistemáticos de codificar normas jurídicas, estableciendo un precedente para la idea de que las leyes deben ser escritas, públicas y aplicadas de manera coherente y predecible.

En resumen: la cultura occidental – entendida como el conjunto de valores, instituciones y tradiciones que han configurado la civilización europea y sus derivados – encuentra en estos testimonios mesopotámicos sus raíces más antiguas. El Código de Hammurabi y los relieves del palacio de Asurbanipal evidencian que los fundamentos del Estado de Derecho, la justicia y la regulación de las relaciones humanas no son invenciones modernas, sino el resultado de un proceso histórico acumulativo[4]. Además, este conocimiento fomenta un diálogo intercultural respetuoso, que reconoce la contribución de diversas culturas al patrimonio común de la humanidad. En última instancia, estos elementos nos invitan a valorar la herencia cultural como un legado compartido que sustenta los principios fundamentales de justicia, legalidad y convivencia pacífica en el mundo actual; principios que los acontecimientos actuales ponen en tela de juicio.

[1] LIVERANI, M. (2014). El antiguo Oriente Próximo: historia, sociedad y economía. Abingdon, Routledge.

[2] ROTH, M. T. (1997) Law Collections from Mesopotamia and Asia Minor. Chisináu, Scholars Press,

[3] BOTTÉRO, J. (1992) Mesopotamia: Writing, Reasoning, and the Gods. University of Chicago Press,

[4] KRAMER, S. N. (1963) The Sumerians: Their History, Culture, and Character. University of Chicago Press.

 

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