Año 9, Número 26 – 8 de Marzo de 2026

ISSN 2591 4227

La ciudad natal de Kant fue rebautizada como Kaliningrado hace 80 años

Por André Ballin (dpa)

La historia rusa y la alemana no están en ningún otro lugar tan estrechamente entrelazadas como en el exclave de Kaliningrado, la antigua Königsberg.

Actualmente, en lugar del puente entre Oriente y Occidente que se había previsto, la ciudad vuelve a ser un puesto de avanzada de la tensión entre Rusia y la Unión Europea (UE).

De la antigua Königsberg solo quedan pocas huellas en Kaliningrado, la ciudad más occidental de Rusia, enclavada entre territorio polaco y lituano, pero con salida al mar Báltico. La más impresionante es, sin duda, la Isla de Kant, la antigua Kneiphof. La catedral, de 50 metros de altura, se eleva majestuosamente sobre la isla en el río Pregel.

Casi 700 años después de su construcción, sigue siendo el símbolo de la ciudad, y los alrededores de este edificio son un destino muy popular tanto para los habitantes de Kaliningrado como para los turistas que visitan este exclave ruso del mar Báltico.

La tumba del filósofo Immanuel Kant (1724-1804), situada en la parte trasera de la catedral, es un lugar de peregrinación para las parejas de recién casados. Las flores dan testimonio de que el gran pensador alemán, que situó la razón y la moral en el centro de su filosofía, también tiene seguidores en Rusia.

La universidad de la metrópoli, que se erige sobre los cimientos de la antigua Albertina, lleva el nombre de Kant desde 2005. Alrededor de la catedral, pequeños puestos sirven durante la estación fría un ponche conocido como «Vino de Kant».

La isla, antiguo centro de la ciudad, se ha convertido entretanto en una zona periférica. Las fachadas de los bloques de viviendas soviéticos caracterizan en gran medida el paisaje urbano de Kaliningrado. Estas fachadas dejan tan claro como el propio nombre que la ciudad es rusa desde hace 80 años.

Cuando las tropas soviéticas conquistaron Königsberg al final de la Segunda Guera Mundial en abril de 1945, no quedaba mucho de la que en su día fue la orgullosa ciudad hanseática, fundada en 1255 por la Orden Teutónica.

 

Residencia de príncipes prusianos y dominio ruso

En los casi 700 años de historia alemana anteriores, Königsberg había vivido épocas de auge y de declive. La ciudad fue sede de los Grandes Maestros de la Orden Teutónica y, más tarde, ciudad residencial de los príncipes prusianos. En 1701, el príncipe elector Federico III se coronó aquí como Federico I, rey en Prusia.

Sin embargo, pocos años después, casi 10.000 habitantes de Königsberg —lo que suponía una cuarta parte de la población— fueron víctimas de la gran peste. Unas décadas más tarde, los rusos conquistaron Königsberg durante la Guerra de los Siete Años. Desde 1758 hasta 1762, cuando el nuevo zar Pedro III devolvió voluntariamente Prusia Oriental a Federico II, la ciudad estuvo bajo dominio ruso.

Sin embargo, Königsberg nunca había sufrido un golpe tan duro como el que recibió durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Los alemanes, bajo el poder de Adolf Hitler, habían iniciado la guerra con el objetivo de conquistar «espacio vital en el Este» y causaron aniquilación y destrucción entre los pueblos vecinos. Pero precisamente ese azote acabó volviéndose contra los propios alemanes, especialmente en Königsberg.

 

Destrucción total durante la Segunda Guerra Mundial

En 1944, los bombardeos aéreos británicos destruyeron prácticamente por completo el casco antiguo. También convirtieron el castillo, la universidad y la catedral en un campo de escombros.

La batalla por Königsberg, declarada fortaleza, arrasó lo que aún quedaba. Cuando el Ejército Rojo entró en la ciudad en abril de 1945, solo quedaban ruinas. Antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, vivían allí más de 360.000 personas, al final de la guerra eran menos de 50.000. Los habitantes vieron obligados a realizar trabajos forzados, muchos murieron de hambre y agotamiento, y los últimos alemanes fueron expulsados de Prusia Oriental en 1948.

El dictador soviético Iósif Stalin, que en la Conferencia de Potsdam se había asegurado la parte norte de Prusia Oriental como botín de guerra, hizo que se asentaran rusos a orillas del mar Báltico. De este modo, anexionó deliberadamente la región a Rusia, inicialmente denominada Óblast de Königsberg, y no a Lituania, que también formaba parte de la Unión Soviética. Políticamente, Lituania, que Moscú se había apropiado apenas unos años antes en el Pacto de Hitler-Stalin, se consideraba poco fiable.

 

Cambio de nombre en honor a un líder soviético

Prusia Oriental debía garantizar la influencia militar del Kremlin en Europa. También por eso se amplió aún más el puerto naval de Baltisk -antes llamado Pillau- y se convirtió en la base principal de la Flota Soviética del Báltico.

Sin embargo, para reforzar la reivindicación sobre esta región de importancia estratégica, era necesario un cambio de nombre. Así como Pillau pasó a llamarse Baltisk, la capital de la región, Königsberg, recibió el nombre de Kaliningrado el 4 de julio de 1946, tras la muerte del dirigente soviético Mijaíl Kalinin.

Kalinin, jefe de Estado oficial de la Unión Soviética entre 1923 y 1946, no tenía ningún vínculo con la ciudad. Sin embargo, la asignación de nombres de figuras destacadas del Partido Comunista, tanto fallecidas como vivas, era una práctica muy extendida en la época soviética, especialmente bajo el mandato de Stalin.

En honor a Stalin se renombraron seis ciudades. La más conocida fue Stalingrado, la actual Volgogrado. Pero también cinco localidades soviéticas llevaban el nombre de Kalinin. La ciudad más conocida, además de Kaliningrado, era Kalinin, la actual Tver.

 

¿Kantgrado como alternativa?

A diferencia de Tver, Kaliningrado no recuperó su antiguo nombre durante la perestroika, la apertura hacia reformas en los últimos años de la Unión Soviética. Es cierto que aquí también hubo muchas voces que se pronunciaron a favor de volver a adoptar el nombre anterior. Sin embargo, para Moscú, tal maniobra resultaba demasiado delicada como para no dar pie a especulaciones sobre una posible devolución del exclave a Alemania. En su lugar, durante bastante tiempo se debatió seriamente la alternativa de «Kantgrado».

La idea subyacente no era solo rendir homenaje al hijo más famoso de la ciudad, sino también el deseo de tender puentes hacia Europa. La desintegración de la Unión Soviética había convertido a Kaliningrado, por así decirlo, en una isla, y sus habitantes se orientaban hacia Occidente. Moscú intentó convertir Kaliningrado en una región piloto, en la nueva «ventana a Europa».

La región se benefició de ello durante un tiempo. Había una conexión ferroviaria y otra aérea con Berlín. Además, la historia anterior a la era soviética suscitó un renovado interés. Un grupo de entusiastas reconstruyó la catedral, que llevaba en ruinas desde la Segunda Guerra Mundial, también con ayuda alemana.

La escalada de la confrontación tras la anexión rusa de Crimea en 2014 puso fin a los intentos de acercamiento por ambas partes. El puente se convirtió en una fortaleza. Hoy en día, Kaliningrado cuenta con un equipamiento militar tan potente como en la época soviética. La historia alemana ya no tiene cabida oficialmente en Kaliningrado. Solo los habitantes siguen llamando a su ciudad «Kenig».

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