Año 9, Número 26 – 8 de Marzo de 2026

ISSN 2591 4227

Noche adentro – Cuento de Sergio Fabián Amad

 

Arq. Sergio Fabián Amad 

Mendoza –  Argentina

e-mail: clinicadecasas@gmail.com – Instagram: fabian.amadarquitecto

 

Se pregunta si morir en aquellos días no hubiese sido más fácil que navegar estas noches de congoja. Mira el almuerzo intacto que se enfría sobre la mesa, mientras busca el coraje suficiente para dirigirse a la consulta. Está cansado de ser el eco de esta sombra en que lo han convertido los años. Tiene la certeza que será inútil como todas las sesiones que ya tuvo con otros loqueros.

Avanza por el pasillo buscando la calle y recorre esas casi diez cuadras de barro y veredas desparejas que lo separan de la estación de Morón. En el andén la gente lo atropella como si no existiera. Alcanza a subir antes de que cierren las puertas y se apoya en uno de los pasamanos. El suave arrullo de la formación lo acuna y el sueño lo seduce. Las pesadillas no se van, lo torturan cada noche mientras el resto de la humanidad duerme.  Detesta ese insomnio que tantas veces lo lleva a ser parte del amanecer. Incluso recuerda mañanas en las que estuvo a punto de agarrar la pistola y ponerle una bala en la recámara.

Atraviesan ese tramo del Once en que el Sarmiento deambula por un sector de altos muros de ladrillo, creando una profunda cicatriz en la piel de la ciudad. La estación es un caos ordenado. Sale del vagón cuando el sol se oculta tras los techos curvos. Buenos Aires está por todos lados, pero casi no importa. Este no es su lugar. Le gustaría irse lejos, aun sabiendo que no tiene dónde. Toma el colectivo hasta San Telmo. Por la calle empedrada busca la dirección anotada en el papel. El edificio es antiguo, huele a lavandina. La chica del escritorio apenas lo mira y le señala una salita atestada de viejos como él.

El psicólogo lo hace pasar. Es joven. Demasiado. ¿Qué lo trae por acá, amigo? Ah, caramba, dice con los ojos en la pantalla y escribiendo sin mirar el teclado. Pesadillas, insomnio. ¿Desde la pandemia? ¡Ah!… Malvinas. Entiendo. Peor después del encierro. Si, lógico. A muchos les pasa. La pandemia trajo miedo, angustias, soledad, el cóctel perfecto para la depresión. Deja de escribir y gira hacia él. Lo suyo amigo es muy común en veteranos de guerra. Se llama estrés postraumático. Eso es lo que usted sufre, las consecuencias del combate, la pérdida de camaradas y la cercanía con su propia muerte. Pero bueno.  ¡Animo! Usted regresó y ha vivido un montón de años. Tómese estas pastillas después de cenar. ¡Va a dormir como un bebé! ¡Es momento de olvidar y vivir, amigo! Vuelva cuando quiera.

El “cuando quiera” no es tan así, había esperado cuarenta y cinco días para que el PAMI le diera ese turno y el imbécil este lo despacha en tres minutos. El sistema no tiene apuro en cuidar a sus veteranos. Lo saluda con un gesto de cabeza y vuelve a la calle empedrada.

La tarde se posa sobre las cosas como un negro rocío. Arriba, las nubes sonrojadas empujan el gris de los edificios. La escena lo lleva al crepúsculo en las islas. ¿Cómo esa belleza lo transporta a tanto horror? Recuerda el miedo y recuerda a sus muertos. Sobrevivir conlleva el hecho de olvidar y el mecanismo del olvido no se le da fácil.

Encuentra un boliche, saluda y pide ginebra. Mira el vaso que tiembla en la mano, sabe que hay penas que no las mata el alcohol. No es verdad que el licor obnubile, no siempre, a veces plantea un enigma y permite intentar buscarle la vuelta. ¿Qué extraño sortilegio le permitió regresar con vida?  Ninguno de los que volvieron había logrado descifrarlo. ¿Todo era un simple cambalache por la sangre de los que se habían quedado en el yermo? Cuarenta años después sigue sin poder contestarle a esas voces que el frío calla. La ausencia de los que se fueron en la guerra adopta contornos nítidos que tiemblan, ondean y eso duele. No termina de revelar la verdad. Solo entiende que la culpa de no estar con ellos pesa demasiado. No hay mucho que pueda hacer con eso.

Al otro lado del cristal, la calle aparece desierta. Le molesta esa quietud espesa, visible. El avance de la oscuridad se detiene ante la puerta del bar y el vocerío de los demás se desvanece. Vuelve a pensar en los suyos, en los que pelearon y volvieron. ¿Dónde andarán?  Algún rincón de esa tarde inmóvil los oculta allí, donde estuvieran, como al resto de todos los hombres que se preguntan el motivo para el que han sobrevivido. Esos tipos son su única familia.

Se vuelve a ver como un chico de dieciocho con toda la ingenuidad a cuestas. Todos dejábamos la inocencia en la rampa del Hércules al arribar a Malvinas y confiábamos en que, si nos manteníamos alejados del horror de las trincheras, podríamos recuperarla al salir, limpia y sin recuerdos. No nos pasó eso. La guerra es un juego extraño. Cuando entiendes cómo son las reglas, ya has perdido.  Y esa derrota se prolonga a lo largo de los años que te toquen vivir.

Paga y sale al frío de la noche. La oscuridad se desliza suavemente desde el cielo. A esta hora solo la tristeza habita las esquinas y cualquiera sabe que donde se alberga la tristeza, habitan los fantasmas. Vaga por el Bajo.  La luz mortecina de las lámparas se sumerge en la penumbra de las recovas. Sus pasos lo llevan sin mucho sentido por un rato, hasta que desemboca en plaza San Martín. Tiene tiempo, no está atado a la tiranía de los relojes como casi todos los habitantes de esta ciudad furiosa. Conoce que hay un momento para todo. Incluso para derrumbarse.

Se detiene frente a la roca en que se yergue el monumento. Recuerda a San Martín exiliado en la sombra. Este país sabe a insensatez y a locura. Mirando hacia lo alto le grita a la estatua de bronce: ¡Buenas noches mi General, baje de su caballo, es hora de que vayamos a casa! No entiende por qué está llorando. Se queda inmóvil esperando la respuesta de la figura que erguida señala al oeste. Por un instante fantasea que Don José baja de su pedestal, lo abraza y le dice que todo va a estar bien. Que regrese a su hogar, que esta noche no habrá pesadillas.

De viejos deberíamos tener un padre o una madre, alguien que nos cante y nos acune, y nos lleve hasta la cama de la mano, nos abrigue del frío, y nos despida cada noche para siempre. Una madre o un padre que te abrace en ese país profundo, nebuloso y sobre todo solitario que es la depresión de haber sobrevivido.

El mareo lo desconcierta. Deambula por la plaza buscando un banco para descansar. No quiere volver a la noche y sus congojas. Sin darse cuenta se halla frente a la reja que cierra el monumento a los Caídos en Malvinas. A la distancia y con esa luz le es imposible buscar los nombres de sus amigos. Allí deben estar inscritos el perro Segovia, el chaqueño Ávalos, el flaco Ruiz y su hermano de trinchera, Arnaldo, ese correntino de ley que murió en sus brazos. El malestar se acrecienta y un dolor en el pecho le obliga a sentarse donde puede. Respira hondo mientras busca en sus bolsillos. Saca un papelito y un birome.

En letra imprenta escribe: Alberto Omar Azcárate, soldado clase 63. Tirador 3.ª sección, Compañía C, Regimiento de Infantería 4. Se incorpora con algo de dificultad, camina hasta la reja y en el suelo coloca el papel doblado bajo una piedra, bien frente al monumento. Hace una venia a las placas que cobijan los nombres de los que murieron por su Patria. Fue un honor servir con ustedes, pronuncia emocionado. Gira y sus pasos lo llevan con dirección al río. A esta hora en la orilla del Plata, corre ese viento que le sobra a la noche y es el mejor momento para vomitar tinieblas. En la costa, erguido sobre la margen que baja, percibe que las sombras lo abrazaban y se mixtura con ellas. Sin un sonido da el paso y entra en las turbias aguas.

Con un poco de suerte esa misma noche estará en Malvinas.

 

 

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