
Dr. Antonio Ureña – España
¿Casualidades?[1]
Ella no podía imaginar cómo, el alojarse en un hotel a espaldas de aquel impresionante teatro en la visita a la ciudad húngara de Szeged durante sus vacaciones en aquel país, pudiera significar tanto.
Cuando era pequeña y aprendía a tocar el piano, mientras otros niños y niñas practicaban aburridísimas escalas siguiendo un método del músico vienés y alumno de Beethoven, Karl Czerny, llamado Escuela de la Velocidad, ella utilizó el Microcosmos de Béla Bartók. Al igual que el libro del austriaco, las obras estaban graduadas en función de su dificultad técnica, permitiendo trabajar igualmente coordinación y agilidad; pero, la incorporación en el segundo de elementos propios del folklore húngaro, le permitió conocer desde muy temprano una mayor variedad de ritmos, sonoridades y estilos.
Este idilio con el piano vio su fin al comenzar los estudios universitarios. Incompatibilidades horarias y dificultades de todo tipo para simultanear ambas formaciones, impusieron su ley. Desde aquellos momentos; desde aquel divorcio, tenía clavada una espina, la cual, en ocasiones, volvía a pinchar, haciéndola prometerse a sí misma que, un día, volvería a tocar. Luego: pensar cómo había perdido totalmente la técnica, debiendo comenzar prácticamente desde cero, le hacían olvidarse, al menos por una temporada, de su sueño.
Poco tiempo atrás, revolviendo papeles y libros antiguos en casa de sus padres, encontró su viejo Microcosmos. Dicho hallazgo fue toda una alegría, tanto que lo abrazó contra su pecho al igual que se abraza a una antigua y querida amistad. Y así siguió: abrazada al libro, recordando los buenos momentos que esas pequeñas obras le habían traído. Con el piano y con Bartók aprendió algo que va mucho más allá de la propia música: perseguir un sueño conlleva mucho esfuerzo, pero la satisfacción de alcanzar lo propuesto; de hacer realidad lo soñado, hacían que tal esfuerzo mereciera la pena. Siempre recordaba a uno de sus profesores, quien decía: “las palabras mágicas para triunfar en la música y en la vida son tres: trabajo, trabajo y trabajo”. La música le enseñó este conjuro contra las dificultades.
Mientras estrechaba contra su pecho aquella colección de partituras, también apareció otro recuerdo que dibujó en su rostro una inocente sonrisa. Le llegó la imagen de otro profesor, anterior a aquel y mucho más joven, que fue su primer amor infantil…
Cuando puso los pies en la tierra, aún abrazada a su antiguo compañero de aprendizaje, tomó una decisión: cuando volviera a tocar, empezaría con esas obras, que el compositor magiar creó para guiar el aprendizaje musical de su hijo.
Al cerrar los ojos en la habitación del hotel evocando todo aquello, puedo ver proyectada en su imaginación una de las primeras partituras que componía dicha colección, notando como de su boca salía el canturreo de la línea melódica y sus dedos se movían inconscientemente tecleando las notas sobre la cama. Era una melodía muy sencilla, es cierto, pero se veía capaz de volver a tocarla de nuevo sin demasiado estudio. O, al menos, intentarlo…
¿Es casualidad que, no habiendo transcurrido mucho tiempo desde aquellos momentos, ahora se alojara en el mismo hotel que lo hacía Béla Bartók cuando actuaba en esta ciudad? ¿Qué pasará por el salón donde él ensayaba o recorriera espacios impregnados por su presencia? ¿Las casualidades existen o todo responde a alguna razón; a alguna causa? Su relación con aquel no se limitaba únicamente a los tiempos de infancia o adolescencia. Ya en la facultad, retomó sus ideas sobre el nacionalismo y la crítica al mismo para elaborar un pequeño ensayo sobre interculturalidad. Es cierto que Bartók, en sus inicios, apoyó el nacionalismo húngaro —a través de su trabajo, tanto compositivo como investigador, sobre el folklore de la región— como parte de un movimiento que buscaba la afirmación de las identidades nacionales a través de la música. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en distanciarse del mismo a raíz de su utilización con fines políticos y propagandísticos, en general, y, en particular, por el uso que el gobierno húngaro hizo de aquel en el marco de su relación con la Alemania Nazi. Así, pasó a defender la integración de estos elementos folklóricos en contextos expresivos más amplios, buscando la universalidad de la experiencia musical desde una visión más inclusiva y diversa.
Ha pasado casi un siglo desde aquel posicionamiento del compositor; también varias décadas desde su ensayo, pero la interculturalidad – defendida tanto por ella como, aunque sin citar dicho término, por el músico húngaro, al reivindicar un hacer artístico teñido de vocación y espíritu comunitarios – chocan de frente con el discurso del nacionalismo excluyente, en auge durante los últimos tiempos, mostrando una ignorancia completa del pasado, para retrotraernos a los momentos más oscuros de la historia europea y mundial.
Mientras pensaba todas estas cosas, tumbada en la cama del hotel con nombre del rio que atraviesa la ciudad próxima a las fronteras de Serbia y Austria -antes lujoso, ahora venido a menos, al igual que la propia democracia europea, o la de su país, con la presencia de los discursos anteriores- miró con gesto de ternura a su compañero de viaje; pero no de este viaje a Hungría, si no del viaje de la vida.
Él seleccionó este hotel entre todas las opciones de alojamiento disponibles e insistió para que se alojaran aquí, no porque conociera la historia escondida tras sus muros; al contrario, fue ella quien le explicó la importancia de Béla Bartók y su obra.
Él siempre le insistía para que volviera a tocar, a lo que ella respondía diciendo que había olvidado todo y perdido toda la técnica.
– ¡Excusas! Tienes que ponerte a trabajar de nuevo y verás cómo la recuperas.
Ante esta frase u otras similares, ella siempre pensaba lo mismo: “¿Cómo empiezo otra vez a estudiar desde cero, sin aburrirme y dejarlo al poco tiempo?” Ahora sabía cómo empezar. Es más: cuando regresara, una de las primeras cosas que haría, sería ir de nuevo a casa de sus padres, sentarse ante su antiguo piano, buscar la partitura en el viejo libro e intentar tocarla. Mover los dedos por el teclado, como ahora lo hacía por la cama, siguiendo las líneas dibujadas por la partitura.
Quien tanto le insistía en que volviera a tocar, había elegido el lugar que le motivó a hacerlo, o al menos a intentarlo, y le mostró la forma de comenzar. ¿Casualidad…?
[1] El presente relato fue escrito en el hotel que se cita en el texto.