Año 9, Número 26 – 8 de Marzo de 2026

ISSN 2591 4227

Stefania di Leo, la luz que roza la sombra por Ángela Gentile

 

Prof. Ángela Gentile – Escritora – Buenos Aires – Argentina

librosdelmundo.g@gmail.com

 

El filósofo italiano Giorgio Agamben recrea aquel misterio nacido entre historiadores, la literatura y el arte, donde lo arcaico fascina el presente cuando lo inmemorial se reconstruye en palabras. Stefania Di Leo sugiere: «Te envuelve una luz/ rozando tu alma».

Así, aquello que fue se reencuentra con el que somos. La poeta escribe: Soñamos un lugar que existe en los deseos… / Admiramos el misterio / mientras una brisa/roza nuestros ojos, / llenándose de luz. La perfecta armonía conectada por una elipsis fundamental para establecer el plano de aquello que se anhela, una utopía que parte de lo personal pero que busca lo colectivo.

Di Leo establece un juego entre lo sensitivo y lo contemplativo y lo resume en un nosotros. Clave que sostendrá en el libro “Lo que sueño y olvido”, compartiendo metáforas como el lugar de los deseos como patria de la esperanza. Pero recurriendo a la posesión de la belleza ante lo desconocido en una atmósfera lírica donde se invocan temas universales: dios, naturaleza, misterio. “La música del olvido es nuestra sinfonía de vivir”.

En “Los amantes de Pompeya”, la poeta resume en tres versos: Peregrinando por los siglos/ éramos una apuesta/ de amor resucitado. Tema que Stefania logra plasmar en otros poemarios también, porque todo lo que hace transitar hacia la finitud se transforma en un desafío a través de la resonancia lírica y simbólica, pues el peregrinar sugiere ese amor no estático y, en consecuencia, permitirá ser redescubierto en los siglos; por ello, la metáfora de ser una apuesta es riesgo, pero también fe que lleva a una resurrección como transformación radical del amor.

Este es un poemario exquisitamente escrito; sugiere lecturas precisas como “Cantos mediterráneos”, donde hacia el final del Canto III declarará: (…) Mientras existan palabras, escribiré:/ del amor y de la vida,/ de paisajes, de abismos. Encierra su vocación por las letras transformada en pulsión vital y resistencia a través del arte.

Hay una necesidad declarativa en “Las palabras”, “como brújulas, como auténtico poder del lenguaje, como cartografía de la poeta”. Si bien las palabras no dictan de manera análoga aquello que soñamos, pero orientan. En el poema “Ahora te percibo, Antígona”, los versos: “Philía es el Aleph de tu mente, / las lágrimas recorren nuestro rostro (…)”. Nos trae a Aristóteles, nos recuerda el amor que se cultiva junto al concepto de simultaneidad. Este poemario nos lleva a contrastes y complementos en un clima de experiencias humanas universales, como cuando escribe: “Lloramos, Antígona, por hermanos muertos sin razón, / porque la guerra, es de hielo. Claramente, este epítome del duelo en la obra de Sófocles, junto a la rebeldía de la injusticia, nos recuerda el llanto por Polinices y por los hermanos ante la inutilidad de la muerte.

Los poemas que continúan como “Soledad sonora”, oxímoron o paradoja en su lectura sobre la soledad que comienza a transitar desde la evocación sensorial, pero que se siente y recurre a la anáfora: Soledad rozando nuestras almas/ Soledad buscando el rescate/ Soledad acunada, hasta “repetir amén en el silencio”.” La poeta escribe sobre “Soledad silente” casi al finalizar el libro “Lo que sueño y lo que olvido”, donde es el tiempo su protagonista.

El poemario se transforma en un Aleph, en un lugar utópico: “Te busqué detrás de los sueños (…) / utiliza los elementos clásicos como el viento”. De dónde llega el viento en tus cabellos/ y el preguntarse por ese origen ignoto de las cosas. Ese dolor del hablante lírico nos acerca a la poeta Stefania Di Leo, quien recurre en su estilo a una estructura paralelística y acumulativa de interrogantes que va desde el viento hasta. (…) donde mis sueños adormecidos en tus sueños. Resume en lo onírico la conexión humana.

Todo lo que soñó Di Leo permanece en esta primera parte del poemario; pero a partir de una palabra escrita en griego clásico, la poeta inicia un recorrido que intenta conectar con los olvidos y los olvidados del mundo desde un estado consciente: Habrá que caminar entre la gente. Vestirse con el nombre que fuimos dejando, andar entre senderos para aliviar las penas. La identidad en la metáfora “Vestirse con el nombre” es fundacional porque el acto en sí mismo permite encontrar un regreso. Así acontecerá el encuentro con el “Alma centinela” imbuida de algo parecido a la sanación resumida en la existencia, iniciando con una metáfora de alto contenido: SOBRE RAÍCES MUERTAS, / sobre rastros que deja la noche. / Esperaré en este universo / en esta dimensión del aire que me sacia. / En la ignorancia de todo, en la certeza de la sombra, en la profundidad herida sin sentido. / Con sublime ceguera / soñando sin olvidar / admirando la vida y su belleza, / sus verdecidas hogueras y sus prodigios…

El tono introspectivo invoca al hablante lírico que nos acerca a los tres momentos del poema: la desolación inicial y la oscuridad en la vida y la muerte; luego, en la espera, nos ubica en el cosmos con sus límites del conocimiento y en la condición del ser humano de vivir en un tiempo sin certezas. Hacia el final llega el oxímoron de la sublime ceguera que le permitirá soñar y evaluar la belleza.

Esta poeta italiana parte de la inmensidad y la desolación, quizá evocando el paisaje que la viera nacer. Desde allí, eleva una voz tan propia. Esa misma que le permite acercarnos al mundo de la trascendencia hasta alcanzar la luz en su poesía: (…) Un mar es un puerto sin violencia dentro de los mares. / Un sonido de agua en un agua de sonidos. /Una esperanza, un frenesí, un sueño. / Un mar es una bienvenida, es un adiós.

 

 

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