
Manuel Fernando Guzmán Jiménez
Un poeta en el exilio – Guadalajara – Jalisco – México
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Jacinto Morales
Voy a platicar un cuento,
es historia verdadera,
fue en un pueblo de Sonora,
cerquita de la frontera.
Era una zona minada
rodeada de federales,
torrentes de oro y plata,
los sacaban en costales.
Los caciques del lugar
no se daban tregua alguna,
se explotaba a la gente
con látigo y con machete.
Corrían los años veinte:
Zapata en el sur,
Villa en el noroeste,
a Obregón lo eliminaban,
León Toral le dio en la frente.
Las familias eran pobres
habitantes de la sierra,
jornadas de veinte horas
y a dormir a la galera.
El dólar es el que corría
-nada más entre los jefes-
al pueblo, pan y frijoles
y si no te gusta, vete.
«¡Qué infortunio, qué desmadre,
habiendo tanto dinero
y soportando tantos males!»
decía Jacinto Morales.
Los azotes y los golpes
pan nuestro de cada día,
los necios y los valientes
a diario desaparecían.
Entre tantos miserables
a uno le sobró valor,
sacó fuerzas de flaqueza:
«¡Van a saber quién soy yo!».
A escondidas
fue matando federales:
«¡De ésta no los salva nadie!»,
gritó Jacinto Morales.
Cargó su cuerpo con pilas
y un carro de dinamita,
una noche sin estrellas
había fraguado la cita.
Jacinto gritaba ufano:
«¡Malandrines desgraciados,
aquí nos morimos todos,
esta historia se ha acabado!».
El pueblo desapareció,
cenizas solo quedaron,
bajando de la sierra
estaban los manantiales.
Un viejo triste, desconsolado,
llora y trova en un mezquite:
«¡Adiós, Jacinto Morales,
hombre de oro y plata fuiste!».
Esta historia es verdadera,
el hombre que trova y llora
es el padre de Jacinto,
él escapó de la hoguera.