Año 9, Número 26 – 8 de Marzo de 2026

ISSN 2591 4227

Jacinto Morales

 

Manuel Fernando Guzmán Jiménez

Un poeta en el exilio – Guadalajara – Jalisco – México

unpoetaenelexilio@hotmail.com 

 

Jacinto Morales

Voy a platicar un cuento,

es historia verdadera,

fue en un pueblo de Sonora,

cerquita de la frontera.

 

Era una zona minada

rodeada de federales,

torrentes de oro y plata,

los sacaban en costales.

 

Los caciques del lugar

no se daban tregua alguna,

se explotaba a la gente

con látigo y con machete.

 

Corrían los años veinte:

Zapata en el sur,

Villa en el noroeste,

a Obregón lo eliminaban,

León Toral le dio en la frente.

 

Las familias eran pobres

habitantes de la sierra,

jornadas de veinte horas

y a dormir a la galera.

 

El dólar es el que corría

-nada más entre los jefes-

al pueblo, pan y frijoles

y si no te gusta, vete.

 

«¡Qué infortunio, qué desmadre,

habiendo tanto dinero

y soportando tantos males!»

decía Jacinto Morales.

 

Los azotes y los golpes

pan nuestro de cada día,

los necios y los valientes

a diario desaparecían.

 

Entre tantos miserables

a uno le sobró valor,

sacó fuerzas de flaqueza:

«¡Van a saber quién soy yo!».

A escondidas

fue matando federales:

«¡De ésta no los salva nadie!»,

gritó Jacinto Morales.

 

Cargó su cuerpo con pilas

y un carro de dinamita,

una noche sin estrellas

había fraguado la cita.

 

Jacinto gritaba ufano:

«¡Malandrines desgraciados,

aquí nos morimos todos,

esta historia se ha acabado!».

 

El pueblo desapareció,

cenizas solo quedaron,

bajando de la sierra

estaban los manantiales.

 

Un viejo triste, desconsolado,

llora y trova en un mezquite:

«¡Adiós, Jacinto Morales,

hombre de oro y plata fuiste!».

 

Esta historia es verdadera,

el hombre que trova y llora

es el padre de Jacinto,

él escapó de la hoguera.