
Foto: gentileza del Autor
Prof. Gerardo Molina
Poeta y Escritor Uruguay
gerardomolinacastrillo@gmail.com
26 de Mayo – Día del Libro
“Sean los orientales tan ilustrados como valientes”, en los gloriosos tiempos de la gesta oriental, el santo y seña de los patriotas del 30 de mayo de 1816, con que el gobierno revolucionario conducido por Artigas y el Cabildo de Montevideo (26 de Mayo) celebraban la fundación de nuestra primera Biblioteca Pública, renueva su clara e imperecedera vigencia.
El libro crea una relación intemporal, interespacial y hasta interestelar, diríamos, por sus proyecciones cósmicas y su universalidad entre el autor y el lector. Del mismo modo, podemos decir que el destinatario de todo libro –el lector- es quien completa la obra, integra el diálogo, salva los puentes entre épocas y culturas. El libro es un amigo intemporal y sincero. Y, como tal, el libro llegó, nació para quedarse. Para compartir vida y sueños, trabajos y esperanzas con nosotros.
Las nuevas tecnologías han llevado la comunicación a límites inimaginables hace algunas décadas, tanto que el mundo ya no es ancho y ajeno sino pequeño y cercano. Así, basta un leve movimiento táctil para tener todo –o casi todo- al alcance de nuestras manos (y de nuestros ojos) en la pantalla del celular o del ordenador.
Las ventajas de disponer de los libros online son innegables, sobre todo en lo que hace a la difusión y al acopio innumerable de los textos. Sin embargo, el libro tradicional seguirá vivo y coexistirá con la informática y su reproducción electrónica, como lo hizo el dibujo con la pintura y el cine con la televisión. En lo personal, como es sabido, seguiremos prefiriendo siempre el libro tradicional porque tenerlo en nuestras manos, en una comunicación más íntima y primaria tal una puerta de oro al tesoro de sus páginas, es un placer insustituible e insoslayable.
Búsqueda
Quizás en busca de mis ojos niños
Recorro ¡oh, madre mía!
Las páginas benditas por el tiempo
Del libro “Corazón” que me compraras
En un ayer perdido de mi pueblo.
Intuías, acaso,
Que tu hijo tenía un corazón poeta,
Ávido de saberes y luceros.
Una luz misteriosa
Signó la hora del alumbramiento
Y sus rayos me hablaron de caminos,
De amistad y de amores y de versos.
Y, así, despierto en cada página,
nostalgias y recuerdos:
Por ahí anda Enrique
cuenta su cotidiano
Acontecer en el colegio.
En veces, me parece que soy yo:
Tímido, atribulado, en mis silencios.
Y te veo, madre,
Enmarcada en la luz de tu desvelo,
Cuando un dolor o la fiebre me abrasaba
-aura de ángel y rezo-
Con tu ternura silenciosa,
Junto a mi lecho.
Y vuelven,
La sombra protectora de Garrón,
Junto al albañilito
“hocico de conejo”
Y Coreta y Deroso
Y Precusa, el hijo del herrero…
Y sabe cada página
A un dorado pretérito.
¡“El pequeño escribiente florentino”
Que de todos los cuentos, fue mi cuento!
¡Oh, sí, madre,
Te encuentras –y me encuentro-
En las páginas gualdas sin olvido,
De las que vuelvo
Limpio, puro, recién lavada el alma,
Y lleno
De estrellas diminutas
Como si fuera el campo de mi infancia
Después de un aguacero.
Gerardo Molina