Año 9, Número 26 – 8 de Marzo de 2026

ISSN 2591 4227

Viaje literario a través de las epidemias por Ángela Gentile

 

Prof. Ángela Gentile – Escritora – Buenos Aires – Argentina

librosdelmundo.g@gmail.com

 

Desde la Antigüedad hasta la era contemporánea, la literatura no solo ha servido como refugio, sino como un espejo implacable de nuestras crisis sanitarias y morales. Lo que hoy entendemos como una emergencia médica, los grandes autores lo han diseccionado bajo una estética de lo feo, explorando cómo la enfermedad transforma el cuerpo, la razón y sistema social.

La primera gran descripción de una pestilencia en Occidente la encontramos en la Ilíada de Homero, donde la plaga nace de la ausencia de razón. En este relato, el dios Apolo lanza sus flechas infectadas contra el campamento aqueo como un acto de venganza divina. Sin embargo, el paso hacia una observación más humana y clínica lo dio el historiador Tucídides, testigo directo de la peste de Atenas en el 430 a. C. En el segundo libro de La Guerra del Peloponeso se lee:

“Los santuarios en los que se habían acampado estaban llenos de cadáveres, la gente moría allí mismo, ya que, ante la furia de la epidemia, los hombres, sin saber qué sería de ellos, se volvieron indiferentes tanto a las leyes sagradas como a las profanas. […] se creían con derecho a abandonarse a placeres rápidos, destinados a la satisfacción de los sentidos, considerando como un bien efímero tanto su propio cuerpo como su dinero»

Tucídides no solo detalló síntomas físicos atroces —como el ardor en los ojos, el aliento fétido y las pústulas—, sino que advirtió un síntoma social mucho más grave: la indiferencia ante las leyes sagradas y profanas. Ante la inminencia de la muerte, los ciudadanos se abandonaron a placeres efímeros, convencidos de que ni la medicina ni la religión podrían salvarlos.

Otros autores latinos buscaron explicaciones que oscilaban entre lo místico y lo materialista. Mientras Ovidio, autor de la descripción de la peste en Egina (la isla situada en el golfo Sarónico, Grecia), atribuía la peste a la ira de Juno y describía una atmósfera de niebla opresiva y calores letales  acercándose más a las creencias populares que científicas:

«Una terrible pestilencia provocada por la ira de Juno, despiadada contra esta tierra (…), se abatió sobre la población. Mientras parecía un mal natural, mientras no se sabía qué era lo que causaba daño, cuál era la causa de la inmensa desgracia, se luchó con las armas de la medicina. Pero el flagelo era tal que toda ayuda era inútil y había que rendirse. Desde el principio, una espesa y opresiva niebla cayó sobre la tierra; una capa de nubes formó un bochorno agotador y, durante todo el tiempo que la luna tardó en completar cuatro veces su disco lleno, sopló un calor austral con ráfagas mortales.”[1]

Lucrecio adoptaba una visión atomista y mecánica. Para Lucrecio, la peste no solo degradaba las costumbres humanas, sino que afectaba a toda la naturaleza, haciendo que hasta las fieras comenzaran a languidecer en los bosques. Por su parte, Virgilio mostró una sensibilidad especial hacia el mundo animal, narrando cómo el «aire viciado» contaminaba aguas e infectaba pastos, afectando a criaturas domésticas y salvajes por igual, utiliza para ello un lenguaje más dramático:

«Oh, mentes miserables de los hombres, oh, almas ciegas, ¡en qué existencia tenebrosa y entre cuántos grandes peligros se transcurre esta breve vida!»[2]. (…) «Por otra parte, en aquellos días no era nada fácil que apareciera algún pájaro, y las estirpes de las fieras abatidas, enfermas, no salían de los bosques. La mayoría languidecía por la enfermedad y moría”[3]

El mal antiguo tiene una fugaz visión en Virgilio, quien, al igual que Lucrecio, intentará identificar las causas del flagelo, pero siempre en determinados ámbitos, teniendo en cuenta la voluntad fatalista del hecho. El poeta Virgilio narrará un episodio histórico y su propia sensibilidad se manifestará hacia el mundo animal. En cierto modo, se opone a Tucídides y Lucrecio en lo que respecta a la enfermedad y el hecho social:

«Aquí apareció una vez una tormenta maligna por el aire viciado, y el cielo se encendió con todo el calor de agosto, y dio al norte toda clase de animales, domésticos y salvajes, y contaminó las aguas e infectó los pastos»[4]

En el siglo XIV, Giovanni Boccaccio inició con el Decamerón una descripción pavorosa de la peste bubónica en Florencia. Sus relatos presentan los famosos «gavoccioli» (inflamaciones en las ingles y axilas) y las manchas negras que eran signos ciertos de muerte. Lo más impactante de su análisis es la rapidez del contagio y cómo el miedo destruyó la caridad: el simple hecho de tocar la ropa de un enfermo bastaba para propagar el mal:

«Y no como había hecho en Oriente, donde para cualquiera que sangrara por la nariz era un signo manifiesto de muerte inevitable: sino que al principio de la misma nacían en los hombres y en las mujeres por igual, ya fuera en la anguinaia o bajo los dedos, ciertas inflamaciones, algunas de las cuales crecían como una manzana común, otras como un huevo, y algunas más y otras menos, las cuales los llamaban vulgarmente gavoccioli (…)[5]

Siglos después, Alessandro Manzoni analizó y realizó una reconstrucción histórica minuciosa en Los novios y La columna infame. Manzoni identificó que la verdadera catástrofe no era solo el virus, sino la histeria de las masas y la inacción política. El autor relata con crudeza cómo la búsqueda de culpables —los llamados «propagadores»— llevó a juicios injustos y torturas, demostrando que: «la sospecha y la exasperación… tienen la triste virtud de hacer que se considere culpables a los desdichados». La peste como condición del alma:

«En aquel día había muerto de peste, entre otros, toda una familia. En la hora de mayor concurrencia, en medio de los carruajes, los cadáveres de aquella familia fueron, por orden de la Sanidad, conducidos al cementerio mencionado, en un carro, desnudos, para que la multitud pudiera ver en ellos la marca manifiesta de la pestilencia. Un grito de repugnancia y terror se alzaba por todas partes por donde pasaba el carro; un largo murmullo reinaba donde había pasado; otro murmullo lo precedía. La peste era más creíble: pero, por lo demás, cada día se ganaba más credibilidad por sí misma, y aquella reunión no debió de servir poco para propagarla…»[6]

Ya en el siglo XX, Gesualdo Bufalino nos ofrece una visión más melancólica en Diceria dell’untore (rumor del contagioso). Aquí, la peste se convierte en un estado espiritual, una «peste moral» que afecta a los veteranos de guerra en un sanatorio para tuberculosos de la Conca D´Oro, castillo de Atlante y campo de exterminio, son presumiblemente incurables, pelean por sobrevivir. Este no es solo un fenómeno físico para transformarse sino una reflexión sobre la soledad y el vacío existencial. Un día, los veteranos del sanatorio se preparan para salir y, así, deambulan por la calle en coche y, por casualidad, se encuentran con un grupo de campesinos y campesinas que van a ocupar las tierras de Trigona. Comparan lo que traen de la guerra con su condición y se preguntan:

¿Somos nosotros los falsos o son ellos? Es otra forma de ver la peste, en este caso una reflexión sobre la melancolía, la enfermedad y la muerte de los personajes que adquieren una descripción particular, como la del gran Mago, que se diría una nota de peste moral: «Se quedó así, con una especie de sonrisa, no perversa, sino alegre, pintada en el rostro, una sonrisa que yo conocía, tan vívida que me llevó tiempo comprender que había terminado y que cada minuto, a partir de ese momento, sería igual para él: una cadena igual de minutos negros, un río sin orillas de minutos idénticos, eternos, sin suceder (…)[7].

A pesar del horror descripto a través de los siglos, la literatura concluye que el ser humano sigue siendo un pilar, la fortaleza de la humanidad. Entre las cenizas de las epidemias, queda la búsqueda de toda esencia, el espíritu, la psique, el aliento vital que hay que descubrir dentro de cada ser humano y, como diría Modigliani: «Cuando conozca tu alma, pintaré tus ojos».

 

 

[1] 3 Ovidio, Metamorfosi VII, 523-535

[2] Lucrezio, De Rerum Natura, vv.1138-1141

[3] Op. Cit , vv 1185-1198

[4] Virgilio, Georgicas III, 515-530

[5] Boccaccio Giovanni, Decamerón. Primera jornada

[6] Manzoni Alessandro, Los novios. Cap. XXXI

[7] Bufalino, Gesualdo. Diceria dell’untore. Pág. 129.

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